Celeste despertó esa mañana con la garganta seca y el recuerdo borroso de la noche anterior en brazos de Adrien. La resaca era más moral que física: no le gustaba sentirse vulnerable, mucho menos sabiendo que Adrien conocía cosas que ella apenas podía recordar.
Aun así, lo buscó con la mirada y lo encontró en la sala del hotel, de pie frente a la ventana, con una taza de café en la mano. Parecía dueño de cada espacio que pisaba.
—Te ves intranquila —dijo él, sin mirarla—. ¿Es por lo que habla