La ciudad despertó con resaca mediática. Desde hacía días, la caída de Leonard y las declaraciones de Isabella dominaban los titulares. Las calles estaban llenas de susurros, las cafeterías hervían con debates, y las redes sociales seguían compartiendo su colapso como si se tratara de un espectáculo interminable.
Pero en la penumbra de un ático en el centro, Aelin se mantenía en calma.
El amanecer teñía las ventanas con un resplandor dorado, pero su rostro seguía frío, como si el sol no pudi