En la pared de la mansión Elizalde, el reloj de péndulo marcaba la hora con un golpe seco. Leonard no había dormido. Su traje estaba arrugado, el cabello enmarañado y las ojeras profundas como pozos. Desde hacía noches que lo perseguía el mismo sueño: Aelin, con su vestido blanco, apareciendo en la oscuridad con una pistola en mano, susurrando: «me subestimaste».
Cada vez despertaba empapado en sudor, convencido de que la encontraría en la habitación.
Esa mañana, Isabella lo observaba en sil