En la residencia Elizalde, eran las tres de la mañana.
Y las luces de la sala estaban encendidas a pesar de la madrugada. Una botella de whisky medio vacía adornaba la mesa de mármol, mientras Leonard caminaba en círculos, con el rostro desencajado y el ceño partido.
—¡Desaparecieron! ¡Desaparecieron, maldita sea! ¿Cómo es posible que tres de nuestros operadores clave hayan desaparecido sin dejar rastro?
Isabella, sentada en el sofá con una bata de satén, bebía un sorbo de vino sin levan