Leonard estaba solo en su oficina cuando Isabella entró sin tocar. Llevaba un vestido rojo ceñido, perfume caro y expresión decidida, y coqueta.
—¿Vienes a celebrar que me dejaste sin fortuna? —gruñó él.
—No. Vengo a ayudarte a destruir a la mujer que nos arruinó a los dos —respondió Isabella, cerrando la puerta tras ella.
Él levantó una ceja.
—¿Y por qué habrías de ayudarme tú?
—Porque Aelin me golpeó. Me humilló. Y aun así todos hablan de ella como si fuera una víctima. ¿Sabías que