— Puedes estarte quieto. Estamos en público — Milenka, miraba hacia todos lados, verificando que ningún alumno o profesor de aquella universidad fuera testigo de cómo Itzam recorría su cuerpo sin pudor alguno.
— No me importa, eres mía, mejor que todo el mundo lo sepa — alego él volviendo a introducir las manos bajo su blusa.
— Itzam, ya tengo que irme, la clase está por comenzar —era la cuarta vez que decía lo mismo; pero su cuerpo se negaba a dejar de sentir las caricias de aquel hombre.
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