Los días posteriores al descubrimiento del secreto fueron distintos para Miranda. No se lo había confesado a nadie, ni siquiera se lo reprochó a Adrián. El silencio era su mejor refugio. Pero dentro de ella, una semilla nueva germinaba con fuerza: la convicción de que ya no podía seguir siendo la misma.
Una mañana, mientras servía el café en el comedor, tomó una decisión inesperada. Dejó la taza intacta sobre la mesa y, sin esperar a que Adrián bajara, salió con el bolso colgado del hombro. Cam