Las luces de la entrada se reflejaban en los ventanales cuando el taxi donde estaba Miranda se detuvo frente a la mansión.
Había pasado toda la noche fuera, pensando, respirando, buscando recuperar un poco de calma antes de enfrentarse nuevamente a lo inevitable.
El amanecer la había sorprendido en un pequeño hotel del centro, mirando por la ventana con una taza de café entre las manos y una decisión clara en el pecho: no huiría más.
Cruzó el portón con paso firme, aunque dentro de sí todavía q