Aún no amanecía del todo cuando Adrián abrió los ojos. La habitación estaba en penumbra, y el silencio solo era roto por el sonido lejano del tráfico que comenzaba a despertar en la ciudad. Había dormido apenas un par de horas, si es que podía llamarse sueño a aquel estado inquieto y pesado.
Se incorporó lentamente y miró el teléfono sobre la mesa de noche. Ningún mensaje nuevo.
Miranda seguía sin responder.
Pasó una mano por el rostro y soltó un suspiro cansado. La preocupación lo consumía. Ha