Adrián subió a su auto con paso pesado y el ceño fruncido. Cerró la puerta con un golpe más fuerte de lo necesario y se quedó unos segundos con las manos apoyadas sobre el volante, observando su propio reflejo en el espejo retrovisor. Lo que vio lo incomodó: un hombre agotado, con la mirada vacía, atrapado entre la culpa y la frustración.
Había hecho todo lo posible por cambiar.
Por primera vez en mucho tiempo, había tratado de ser paciente, de mostrarle a Miranda una parte de sí mismo que habí