El reloj marcaba las ocho de la mañana cuando Adrián abrió lentamente los ojos. La habitación estaba en penumbras, con las cortinas aún cerradas, pero la luz que se filtraba era suficiente para incomodarlo. Sentía la boca seca, la cabeza pesada, como si hubiera bebido más de lo habitual la noche anterior.
Se incorporó con dificultad. Se levantó, aún con el sabor amargo del vino en la lengua, y recordó la cena. Recordó el brillo distante en los ojos de su esposa, las palabras esquivas, y el sabo