Me desperté sintiéndome la peor madre del mundo, pero por suerte eran apenas las siete de la mañana y Theo seguía profundamente dormido. Julian me había llevado de vuelta a mi habitación en algún punto de la madrugada, y mi bebé descansaba tranquilo en su cuna, a unos pasos de mí. No perdí tiempo: lo cambié, lo alimenté y lo arrullé… pero mi mente no estaba realmente ahí.
Seguía atrapada en el recuerdo de lo que había permitido que pasara entre Julian y yo. ¿Cómo pude hacerlo? Julian había sido cruel conmigo durante mi adolescencia —mi verdugo silencioso— y aun así… yo le había abierto las piernas sin pensarlo dos veces.
Cuando terminé de alimentar a Theo, decidí buscar algo para desayunar con mi bebé en brazos. Pero apenas crucé la puerta, una de las sirvientas me vio y se apresuró a acercarse.
—Señora, no debería estar de pie —dijo alarmada—. Yo me encargo de llevarle el desayuno a la cama.
Asentí. Tal vez tenía razón; además, no quería toparme con Julian si todavía seguía en el pen