El auto negro se detuvo en la calle que quedaba detrás de la casa de Sara, no en el frente, así lo había pedido ella. Misael no quiso quedarse en el auto y bajó también. Aprovecharon que la lluvia había parado y, enfundados en sus oscuras vestimentas, se deslizaron por entre los árboles desnudos y sus escuálidas sombras. Sara pasó sin dificultad sobre barda que le llegaba a la cintura y cayó en su patio. Misael hizo lo propio. Anduvieron a hurtadillas hasta la puerta. De su bolsillo sacó Sara u