—Te avisaré si descubro algo —dijo Max, parado en la entrada de la casa de Overon.
La enorme y lujosa casa que se había convertido en la cárcel de su compañera. Las numerosas contradicciones que rodeaban a la muchacha eran abrumadoras. Al menos contaba con el apoyo del hombre, el magnate que no tenía novias, pero que ahora la tenía a ella.
—Estaremos en contacto —agregó, viendo en los ojos de la joven un pálido destello de ese brío de la juventud y la emoción tan propio de los novatos.
Él mismo