Por la ventana Sara vio llegar el amanecer, cubierto de las nubes cargadas de agua que seguían meciéndose sobre la ciudad. Y otras más negras se acercaban desde el sur.
—No podré salir a trotar.
—Hay una trotadora en el gimnasio. De hecho, hay dos —dijo Misael.
Se acomodaba la corbata, listo para un nuevo día de trabajo. El aroma de su loción de afeitar se paseaba de un lado a otro de la habitación, envolviendo a Sara, llamándola a besar su tersa piel.
—¿A qué hora volverás?
—Todavía no me he i