—Duele —se quejó Sara.
Con cada beso y caricia de Misael, la piel marcada se inflamaba y ardía, como si los colmillos del lobo siguieran rasgándole la carne.
—Entonces no podemos...
—No. Hagámoslo igual, hasta que ya no pueda más —insistió ella, aferrada al cuerpo de Misael.
Desde sus orígenes, el placer había guardado cierto vínculo subliminal con el dolor. A veces era tan estrecho que llegaban a confundirse e intercambiarse. El dolor eran los destellos oscuros del placer que brillaba en la su