Con el atardecer tras su espalda, Sara tocó el timbre de su antigua casa. El césped ya se había secado por completo. Pronto le seguirían los arbustos pegados a los muros y hasta el árbol si el invierno no llegaba pronto y las lluvias se apiadaban de ellos y su abandono.
Las letras del tapete de bienvenida estaban ocultas tras el polvo, el mismo que formaba una gruesa capa en el muro que sobresalía bajo las ventanas. Ni hablar de los vidrios. Por instantes se preguntó si alguien seguiría viviend