En una fría mañana gris de otoño, el segundo disparo retumbó hasta desvanecerse entre las nubes. Las ramas de los árboles se agitaron cuando las aves emprendieron raudas el vuelo. Un disparo más y silencio. Los oficiales, elegantemente uniformados y de rostros entrenados para mantenerse inexpresivos, bajaron sus armas.
Sara se quitó los tapones. Aun con ellos puestos había oído los tiros, lejanos y tenues, seguidos una vez más de la cabeza del Álvarez volando por los aires. Al menos así lo hab