Notablemente incómoda, Sara rechazó el intrusivo toque. Apartó las manos del lobo, que se mantenía a corta distancia.
—Te estaba esperando, Sara. Ya sabes para qué.
—Pues no lo sé ni me interesa.
—No es lo que pensabas el otro día. Estabas tan deseosa, Sara. Tan caliente y seductora. Tu aroma es embriagador, aunque esté manchado por otro. Yo soy mejor, déjame demostrártelo.
Se le abalanzó como la presa que en ella veía, tan dispuesta a lo que él deseara. No logró su infame cometido, Sara in