Un dulce aroma despertó a la nariz de Sara, luego a su estómago y luego a Sara. En la barra de la cocina había panqueques con mermelada y un vaso de leche con chocolate.
—Tu novio te preparaba el desayuno —dijo Misael, parado junto al mesón.
Su pulcra y recatada apariencia no daba luces de la bestia que había sido la noche anterior, entre las sábanas. Parecía que fueran dos entes diferentes. El Misael que tenía en frente estaba a años luz de distancia.
—¿Lo preparaste tú?
Él sonrió.
—No, S