Bajo el radiante sol de mediodía, Sara llegó al extremo norte de los terrenos en que se emplazaba la casa de Misael. Tenía frente a ella los enormes muros que delimitaban el perímetro, de al menos dos metros y medio de alto. Tras ellos había bosque, y lobos.
Y los lobos no escalaban muros.
—Aquí la tierra fue excavada, el lobo debió pasar por debajo del muro —le informó Jong.
Sara se agachó. Entre la tierra removida y suelta halló rastros de sangre seca.
—¿Un lobo-topo? —se cuestionó ella.
—El