Con la vista fija en la pantalla, el aire no entraba al cuerpo de Sara. El estómago se le había subido como si estuviera en un ascensor. Estuvo segura de que el piso se movía bajo sus pies.
En cuanto sus ojos se posaron en el teléfono sobre el escritorio, Max se le interpuso.
—No te atrevas, Rojas.
—¡Esto es un error, Max! Misael no lo hizo. Trinidad salió de la casa y él estuvo conmigo. Estuvo todo el fin de semana conmigo, no lo hizo.
Max tomó el teléfono de Sara y cerró la puerta.
—Siéntate