El restaurante de Milán, reservado por las gemelas, era lujoso, pero la seguridad que lo rodeaba era militar. Alessandro y Matteo estaban en un punto álgido de paranoia.
—Marco, necesito que uses tu teléfono confiscado para enviar coordenadas falsas a todos los contactos de Dimitri —ordenó Matteo, repasando el plano de vigilancia—. Eva, Zoe, ustedes se dedican a la distracción. Yo me encargaré de la contravigilancia.
—¿Y qué hago yo? —preguntó Valentina, con los nervios a flor de piel. Su confu