La idea me había estado carcomiendo desde que la vi llorar como una nena. Isabella necesitaba salir de esa casa que parecía un mausoleo con guardias. Pero claro, no podía llevarla a tomar un helado como una adolescente normal. Tenía que ser algo que valiera la pena el circo de seguridad que iba a armar.
Se me ocurrió llevarla a ver a mi hermana.
Una decisión estúpida, pero necesaria.
El viaje fue un espectáculo patético. Dos camionetas negras siguiéndonos como si fuéramos la familia real escapa