—Dios... me estás volviendo loca, Drago. —El cambio brusco le robó el aliento. El placer la recorría con tanta fuerza que amenazaba con hacerla estallar.
—Mierda... esto se siente increíble. Palpitas a mi alrededor con tanta fuerza que me vuelves loco. —El placer lo hizo perder el control. Cuando encontró el punto justo, la guio hacia un ritmo frenético, deseoso de verla tomar las riendas.
Con las manos apoyadas en él, se inclinó y marcó el ritmo, sintiéndolo hasta el fondo. ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!
La