—¿D-de... De nuevo? —Zoey apenas podía hablar, entre jadeos entrecortados, mientras él la embestía con un ritmo tan fuerte que la hacía temblar entera. El sonido húmedo y pesado de sus cuerpos al chocar resonaba en la habitación.
—¿Por qué parar ahora? Me tienes loco de lo apretada que estás —dijo Drago, con la voz lujuriosa—. No vas a soltarme, ¿o sí? Dios, se siente increíble.
¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!
No daba tregua; los espasmos frenéticos de ella no hacían más que animarlo a hundirse más. Con cada