Casi a las ocho de la noche, Drago entró con el auto al estacionamiento de su lujoso penthouse en pleno centro de la ciudad. No hacía falta decir cuánto costaba; el tamaño del edificio hablaba por sí solo. Zoey pensaba que el departamento de su cuñado era de lujo, pero aquello estaba en otro nivel.
—¿Qué tanto miras, mi pequeña rebelde? Es hora de subir —dijo. Tomó la maleta de Zoey junto con la suya. Entrelazó los dedos con los de ella y la guio hacia los ascensores.
—No puedo creer que seas ta