Yina
Preparé el desayuno con la radio bajita, escuchando cómo la profesora dictaba una clase de matemáticas desde la sala contigua.
Iris respondía con entusiasmo. Max, mi pequeño terremoto, ya había perdido el interés y estaba dibujando monstruos en una hoja al reverso de su tarea.
Magda, en cambio, observaba todo con una madurez que no le correspondía. Ella tenía el alma vieja, como si el dolor la hubiera obligado a crecer antes de tiempo. Esa niña era fuego en forma de ternura. Y me partía