Sofía
Después de esa noche, todo cambió.
Rocío ya no era la misma.
Se la llevaban cada dos o tres noches, y siempre volvía hecha una sombra.
No hablaba.
No quería mirarme a los ojos.
La veía encorvada, temblando, con moretones nuevos cada vez.
Yo quería consolarla, quería arrancarle esas heridas… pero ella me apartaba.
—Déjame, Sofía —susurraba, con la voz vacía—. Déjame.
No supe cuánto tiempo pasó así.
Parecían siglos, aunque solo fueran semanas.
Yo rezaba cada noche para que alguien la salva