Paulina
Pierre conducía con una mano en el volante y la otra en mi muslo, marcando territorio.
Yo miraba por la ventana.
Las luces de la ciudad pasaban borrosas, y en el reflejo del vidrio, no reconocía a la mujer que me devolvía la mirada.
Una mujer nueva.
Una mujer que ya no mendigaba nada.
Una mujer que tomaba lo que quería.
Llegamos a la casa, esa jaula de oro donde tantas veces sentí que me moría… donde fui rota, humillada y despojada de mi humanidad.
Pero esta vez entré con la espalda rec