Paulina
—Paulina... —escuché su voz antes de que lo viera—. ¿Todavía estás aquí?
Max estaba en el umbral, descalzo, en pijama, con el pelo alborotado y esa mirada que siempre me hacía temblar las piernas.
Volteé hacia él, con la garganta hecha un nudo.
—Tu computadora... —murmuré—. No fue a propósito. Solo vi el ícono... y...
Me detuve.
No podía hablar sin que la rabia me estrangulara.
Él se acercó despacio. Se paró frente a mí. Miró la pantalla y suspiró.
—No tenías que ver eso. Yo iba a cont