Paulina
El aire de la sala me ahogaba.
Sentía el perfume mezclado de cientos de personas flotando como una niebla pesada.
No podía quedarme allí.
No.
Las piernas me temblaban pero logré avanzar hacia las puertas que daban a la terraza.
Empujé el marco de vidrio y salí.
El aire fresco de la noche me golpeó el rostro.
Apoyé las manos en la baranda de mármol.
Respiré.
Otra vez.
Otra vez.
No mires atrás.
No pienses.
No sientas.
Pero los pasos se acercaron igual.
Firmes.
Reconocibles.
—Paulina —esc