Paulina
El aire olía a flores dulces y frescas, como los jardines en primavera que alguna vez quise tener.
No había ruido, ni dolor, ni miedo. Solo una brisa suave que me acariciaba el rostro y un cielo tan celeste que dolía mirarlo.
Estaba descalza. La hierba bajo mis pies era tibia, mullida, como si el suelo respirara conmigo.
Al levantar la mirada, la vi.
Iris.
Mi pequeña.
Estaba con un vestido blanco, con su cabello suelto y una corona de flores entrelazadas.
Parada al lado en un columpi