Yina
No me costó atraparla.
Lucile no sabía pelear. Gritaba, pateaba como si pudiera espantarme con su histeria, pero sus movimientos eran torpes, ineficaces y patéticos.
Una sola llave bien hecha, una caída contra el suelo y el crujido de su muñeca bastaron para que dejara de jugar a la villana.
—¡Te vas a arrepentir! —me escupió mientras intentaba arrastrarse hacia atrás—. ¡No sabes quién soy yo!
—Sé perfectamente quién eres —respondí, limpiándome el rostro con el dorso de la mano—. Eres solo