Lucile
Creían que me habían dejado fuera.
Imbéciles hijos de puta.
Como si fuera tan fácil librarse de mí. Como si fuera una de esas mosquitas que aplastas con la palma y desaparecen.
No.
Yo era veneno.
Persistente. Letal. Y silencioso.
No hacía ruido. No dejaba rastros… solo efectos colaterales.
La pantalla de la laptop que René me consiguió parpadeaba frente a mí, transmitiendo en tiempo real una imagen nítida de la oficina de Maximiliano Salvatore.
El despacho.
Su trono.
Y allí estaba él, s