Javier no se fue al anochecer, como Liam había esperado. Tampoco se fue cuando la noche se cerró sobre Miami y las luces de la ciudad comenzaron a parpadear en el horizonte como pequeñas estrellas caídas en el asfalto. Se quedó. Sin preguntar, sin pedir permiso. Simplemente se quedó. Primero fue porque Vanessa necesitaba desahogarse, y él era el único que sabía escuchar sin interrumpir, sin juzgar, sin ofrecer soluciones que ella no estaba lista para aceptar. Le preparó una taza de té caliente,