La ropa que había usado para la gala seguía colgada en la percha de la puerta, como un recordatorio de la noche en que su vida se había desmoronado, un fantasma de seda azul que la miraba cada vez que abría los ojos. Cada vez que la miraba, sentía el peso de la humillación, el dolor de ver a Ignacio arrodillarse frente a un niño que no era suyo, la certeza de que nunca había sido suficiente. No había sido suficiente para su padre, que la había echado de casa sin mirar atrás. No había sido sufic