La semana de espera se extendió sobre Miami como una losa de cemento, pesada e implacable. Cada día amanecía con la misma luz dorada que siempre, cada noche caía con el mismo manto de estrellas, pero para quienes esperaban, el tiempo se había vuelto un enemigo silencioso. Los relojes avanzaban con una lentitud tortuosa, y las horas se estiraban como chicle caliente, pegajosas e interminables. Vanessa apenas salía de su habitación, y cuando lo hacía, su mirada parecía buscar algo que no encontra