Una tarde, mientras el sol se ponía sobre Miami y el cielo se teñía de naranja y rosa, Héctor llamó por teléfono. El anciano, desde su casa, había estado siguiendo los movimientos de Ignacio con la ayuda de sus contactos. Sabía que su nieto se había reunido con Clara dos veces, que había llevado a Mateo a un parque, que había empezado a comprar juguetes para el niño. La culpa lo estaba consumiendo lentamente, y con ella, la posibilidad de tomar una decisión clara. Cada juguete que compraba era