El avión privado aterrizó en Miami con el rugido contenido de los motores Pratt & Whitney. Héctor Montesinos miraba por la ventanilla la ciudad que se extendía bajo la luz de la mañana, con los rascacielos de vidrio reflejando el sol como espejos gigantes. Setenta y cinco años encorvaban sus hombros, pero sus ojos seguían siendo los mismos que habían dirigido un imperio durante cuatro décadas: agudos, calculadores, incapaces de perder detalle.
—No ha cambiado nada —murmuró para sí mismo, mientr