Héctor no pudo apartar la mirada del niño. Había algo en él, una gravedad impropia de su edad, una forma de sostener la cabeza que le recordaba a Ignacio cuando era pequeño. Pero no solo eso. Los rasgos también eran parecidos. La misma línea de la mandíbula, la misma curvatura de las cejas, la misma forma de fruncir los labios cuando pensaba. Era como mirar una fotografía antigua, de esas que se guardan en cajones olvidados y que al sacarlas duelen porque el tiempo ha pasado demasiado rápido.
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