SANTIAGO CASTAÑEDA
—¿Qué pasa? Te veo angustiado… —susurró Carmen mientras supervisaba con atención a toda la servidumbre preparando su maravillosa cena—. A tu padre no le agradaría ver que estás tan retraído.
—Entenderás que no me emociona particularmente que la amante de mi padre se pavoneé como la señora de la casa —sentencié con una sonrisa rígida, cargada de ironía y odio.
—Santi, tan solo mira a tu alrededor —dijo con las palmas hacia arriba y su sonrisa extendiéndose por su rostro—. La