ALEX GARCÍA
—No puedes servir al Señor con manos manchadas de engaño… —dijo la madre superiora caminando rápidamente frente a mí. Sus hábitos se sacudían con la misma fuerza de sus pasos y su indignación.
—Madre… —susurré, pero se detuvo en seco, con las manos colgando unidas a la altura de su regazo y dirigiendo su mirada furiosa hacia mí, haciéndome callar.
—No porque robes con amor, el pecado se disfraza de virtud —sentenció con voz dura—. Alex, la luz no nace del pecado, no brota agua dulc