SANTIAGO CASTAÑEDA
Llegamos a México, se sentía por el cambio en el ambiente, ese calor seco que entró al avión en cuanto la puerta se abrió.
Julia parecía dormida aún, o solo estaba fingiendo, postergando su confrontación con la realidad. La tomé en brazos y bajé de la nave con cuidado, no quería tropezar en las escaleras y rodar hasta el piso con ella.
Una caravana de autos negros, blindados y con vidrios polarizados nos esperaban. Mi padre estaba en medio de todo, con una sonrisa cargada d