MATTHEW GRAYSON
Llegué furioso a la mansión. Avanzaba con las manos aún convertidas en puños temblorosos por la rabia. Nadie, ni siquiera el mayordomo se animó a detenerme y preguntarme lo que había pasado.
Atravesé la casa y llegué hasta mi oficina, cerrando la puerta con fuerza después de entrar. Quería voltear todos los muebles, quería explotar y maldecirla al aire, pero mis dientes estaban tan apretados que no podía decir nada, solo podía verla en esa cafetería, con ese hombre. Sus palabras