LILIANA CASTILLO
«Pendejos, a ver si muy chingones», pensé mientras caminaba llena de seguridad hacia la puerta que llevaba hacia el garaje. Se estaban escondiendo en el jardín, como ratas. Era hora de iluminarlo todo.
Entré al garaje y tomé toda la estopa que encontré para hacer una tira larga la cual metí en el tanque de gasolina del auto de Matt. Esperaba que algún día me perdonara. Atoré un tubo entre el acelerador y el asiento, haciendo que el auto comenzara a gruñir con ferocidad. Cuando