LILIANA CASTILLO
—¿Hay algo más o ya me puedes dejar solo? —preguntó Javier manteniendo su actitud de fastidio. Carmen sonrió, como si las palabras de su hijo fueran un halago, y acarició su rostro con ternura.
—Tengo toda mi fe en ti, no me defraudes —contestó Carmen antes de darle un par de palmadas en el brazo y dirigirse hacia la puerta. Cuando desapareció, sin despegar la mirada del vaso envenenado en mano de Javier, salí del baño, fingiendo no haber escuchado nada.
Javier no se inmutó. Er