SANTIAGO CASTAÑEDA
Matt tomó mi puño y lo apoyó contra su pecho. Entonces lo entendí, me provocó, pero solo para que liberara presión, para que sacara todo lo que me estaba envenenando.
—Dale… si tienes algo más que sacar, hazlo —dijo extendiendo las manos, dejándome en claro que no se defendería—. Yo no me doblo tan fácil, puedo con toda tu furia, tu frustración y tu rencor.
—¿Por qué? —pregunté retrocediendo, confundido y con un nudo en la garganta que comenzaba a asfixiarme.
—Ese día en l