JULIA RODRÍGUEZ
Mantuve el teléfono pegado a mi oreja durante toda la mañana, escuchando el tono de llamada, pero sin que nadie contestara del otro lado de la línea. Los ojos se me llenaron de lágrimas porque cada vez me sentía más desesperada por encontrar a Santiago, tenía miedo de que Javier le hubiera hecho daño.
Liliana se mantenía a mi lado, con su mano frotando mi espalda, intentando calmar mi desesperación cuando ella misma estaba nerviosa.
Y por fin tomó la llamada.
—¡¿Santiago?! —e