Esa noche la pasé con Guillermo sin dudarlo, refugiada en la comodidad de su habitación, en el aroma a maderas de su One Million y en la madurez de sus caricias. Pero el amanecer en la Ciudad de Guatemala tiene una forma cruda de devolverte a la realidad.
Mientras desayunábamos en la cama, entre el calor de las sábanas y el aroma del café recién colado, él soltó la propuesta que yo ya veía venir:
—Si estás de acuerdo, te vas conmigo a Antigua —dijo, observándome con esa mirada fija que parecía